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viernes, 26 de septiembre de 2014

Conviviendo con el Tiburón Toro en el Caribe Mexicano

En Playa del Carmen, Quintana Roo, existe la posibilidad de observar al Tiburón Toro a través del buceo y de tener un acercamiento con este escualo, el cual nada en aguas poco profundas y muy cerca de las personas


Fue en 1975, cuando en Hollywood se estrenó la película Tiburón”, dirigida por Steven Spielberg, cuyo éxito trajo como resultado gran variedad de mitos que giran en torno a la especie que inspiró dicho filme: el tiburón Toro.
Su tamaño es medio, con cuerpo grueso y robusto (su nombre se debe a estas características), además posee aletas pectorales largas; si bien ha sido clasificado por los expertos como una especie agresiva, el riesgo de ser atacado por uno de ellos es muy bajo. Es por eso que en nuestro país en la zona de Playa del Carmen, Quintana Roo, existe la posibilidad de observarle a través del buceo, gracias a guías expertos.
Aunque no se sabe cuál es el motivo por el que estos escualos llegan a las aguas del Mar Caribe, el tiburón Toro aparece de diciembre a marzo, temporada que puede variar dependiendo de la corriente, el clima y su alimentación, ya que persiguen diversos grupos de peces.
Todos los ejemplares son hembras y la mayor parte llegan preñadas, según comenta Jorge Loria, uno de los pioneros en esta actividad que se realiza desde hace 17 años en Playa del Carmen, y la cual se ha convertido en una oportunidad para ver de cerca su comportamiento en su ambiente natural.

BUZOS CON CERTIFICACIÓN

Para practicar esta actividad extrema, los turistas deben contar con un certificado de buzo y, por lo menos, treinta descensos.
Asimismo, hay que cumplir con un código de vestimenta a fin de no llamar su atención. Consiste en portar un traje de neopreno completo negro y no llevar ningún objeto brillante, como joyas o pulseras.
La mayoría tiene miedo antes de sumergirse, señala, pero en realidad, además de saber controlar la respiración, técnicas de compensación y no tener problemas de consumo de aire (asmáticos), no se necesita ninguna otra medida de seguridad, más que las ganas de conocer el comportamiento de este pasivo animal.
Ya en el fondo del mar, en un descenso de 22 a 24 metros, los visitantes son colocados en fila con el estómago pegado a la arena y muy juntos para no bloquear la visibilidad de los demás.
La intención es que puedan observar cómo uno de los dos guías reparte algunos trozos de carnada para hacer que los tiburones se acerquen a comer, todo a unos cinco metros del grupo.
Son aproximadamente 25 minutos de actividad, durante la cual los Toro se aprecian hasta a centímetros de distancia. Debajo del agua, este impresionante tiburón, que llega a medir hasta tres metros, se admira blanco e imponente.


UNA SENSACIÓN DE PAZ

La mayoría de quienes hacen la actividad por primera vez terminan con una sensación de paz, muy contraria a la del inicio, dice Jorge. Además, se ha convertido en un aliciente para reflexionar sobre la conservación del tiburón y unirse a las causas de apoyo a su salvaguarda, dado que 90 por ciento de esta especie en el mundo ha desaparecido.
En la actualidad, Playa del Carmen se está especializando como uno de los mejores sitios para bucear con tiburones (en Bahamas, que está en primer lugar, la actividad genera una derrama económica de 80 millones de dólares).
Jorge añade que la cantidad de carnada que se les brinda es muy pequeña, por lo que no se están alterando sus prácticas de alimentación.
Para conocer más sobre la especie, se ha creado el programa Saving Our Sharks, con el que Jorge y su equipo trabajan por medio de apoyos de campo como la colocación de receptores bajo el agua, biopsias (que analiza la UNAM), colocándoles marcas para conocer sus patrones de movimiento, satelitales y con acciones de concientización.
Antes de bucear se recomienda leer más sobre estos animales. Dado que aquí todas son hembras preñadas, el objetivo es determinar dónde tienen a sus crías para protegerlas.
El tiburón Toro nada en aguas poco profundas, incluso en ríos de agua dulce y muy cerca de las personas, momento en que ocurren los incidentes, cuando confunden su alimento con los humanos.
Además de no intentar tocarlos (sólo los guías están autorizados), debe saber que los humanos no son parte de su dieta.
En el mundo desaparecen casi cien millones de tiburones al año, debido a que su carne y sus aletas se venden como alimento exótico; “nosotros somos un peligro para ellos y no ellos para nosotros”, explica el experto. Además, atentar contra el tiburón es hacerlo contra el balance de todo el ecosistema marino.
La idea de estas inmersiones nació con la finalidad de darle a conocer al turista que el tiburón Toro sólo ataca si se siente amenazado o si se le provoca, pero en la actualidad ya incluso se le protege.
Así, además de bucear con ellos, obtendrá mayor conocimiento sobre esta incomprendida especie y, sobre todo, sabrá que no se trata de los seres agresivos que las películas hollywoodenses se encargaron de hacernos creer.



EL FINANCIERO
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viernes, 18 de julio de 2014

Que el tiburón no le quite el sueño

(Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Viernes 27 de junio de 2014)

Por Juan José Morales

A todos aquellos que cada vez que entran al mar miran en todas direcciones temiendo ver acercarse velozmente la aleta de un tiburón, sin duda les interesará conocer las estadísticas 2013 dadas a conocer por el Registro Internacional de Ataques de Tiburón —o RIAT si se prefieren las iniciales— que mantiene el Museo de Historia Natural de Florida.



En total, durante el año pasado se documentaron 125 casos que pueden catalogarse como ataques de tiburones a seres humanos. Pero de ellos, únicamente 72 se consideraron no provocados, en el sentido de que ocurrieron en el medio natural sin que la persona afectada hubiera provocado de alguna manera al animal. De los 53 casos restantes, 28 se catalogaron como provocados por haber ocurrido después de que el tiburón fue arponeado, al sacarlo de una red de pesca o desengancharlo del anzuelo, cuando alguien intentó sujetarlo, mientras estaba siendo alimentado por turistas, y en situaciones parecidas. El resto cae en diversas categorías: ataques de animales confinados en acuarios o estanques de diverso tipo, contra botes, cadáveres de ahogados, etc.
La mayor parte de los ataques —34 en total, que significan casi la mitad— ocurrieron en aguas continentales de Estados Unidos, otros 13 en Hawai, que es también parte de Estados Unidos, 10 en Australia, cinco en Sudáfrica, tres en la isla de La Reunión en el Océano Índico, dos en Jamaica y los demás en diferentes lugares, con sólo un caso en cada ocasión.
Esa cifra de 72 ataques no provocados está por debajo de los 81 ocurridos en 2012, y de los registrados en los dos años anteriores a este último. Sin embargo, en líneas generales a nivel mundial el número ha estado aumentando de manera sostenida —aunque lentamente— durante más de un siglo, desde 1900 hasta la fecha. Pero ello no debe causar alarma. En primer lugar, porque el incremento es mínimo, y en segundo término porque resulta natural que así haya sido si se considera que la población mundial se ha más que cuadruplicado en ese lapso, pasando de 1 650 millones en 1900 a 7 200 millones en la actualidad.
Y no sólo hay cada vez más seres humanos —y por tanto más víctimas potenciales de un ataque de tiburón—, sino también cada vez más gente que se mete al mar, con fines recreativos o de trabajo. Hace cien años, sólo un reducido sector de la población podía darse el lujo, ahora accesible para muchísima gente, de viajar a la playa y tomar baños de mar. Y ni qué decir de la cantidad de personas que ahora realizan trabajos de buceo y practican deportes acuáticos desconocidos hace un siglo, como el acuaplanismo, la tabla vela o el buceo autónomo.
Pero, sobre todo, lo que ha habido en los últimos tiempos, es un mayor y mejor registro estadístico. Gracias a la cooperación internacional entre centros de investigación y autoridades de diferentes países, así como a las comunicaciones más rápidas y eficientes, actualmente se puede saber de incidentes con tiburones ocurridos prácticamente en cualquier lugar del mundo, incluso en lugares aislados y remotos, como pequeñas islas del océano Índico o el Pacífico.
De modo, pues, que no hay que temer a los tiburones. No son bestias asesinas que ronden por las cercanías de las playas en busca de bañistas desprevenidos, y las posibilidades de terminar en las fauces de alguno de ellos son insignificantes. Es mucho más probable morir fulminado por un rayo o víctima de una reacción alérgica por picaduras de insectos.